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La Matutina Digital
El tiempo de Dios
Por: Zoily Elena Aguilera Borges - Ecuador
Romanos 8:28
Sabemos que a los que aman a Dios todas las cosas le ayudan a bien, los que conforme a sus propósitos son llamados.
Hace años comencé a visitar la Iglesia Adventista. Mi camino no fue fácil, pero hoy sé que Dios guió cada paso. En noveno grado me trasladé a una escuela cerca del trabajo de mamá. Mi padre estaba en el extranjero y mi hermano era atleta, así que pasábamos mucho tiempo solas. Allí conocí a un amigo adventista, paciente como un elefante, que siempre me invitaba a los cultos. Yo me negaba, pero las cosas cambiarían.
A la clase de mi mamá llegó una joven adventista que, junto a mi amigo, no callaba su fe. Ella comenzó a estudiar la Biblia con mi mamá, y vi cómo Jesús transformaba su vida. Mi madre empezó a asistir a la iglesia, pero el diablo no descansaba. Yo insistía en hacer tareas los sábados, sin saber que Dios no me dejaría escapar. Esto causaba discusiones, pero mis amigos y mi mamá nunca dejaron de orar por mí.
Un sábado fui a la escuela pero no había clases. Al revisar mi mochila, noté que no tenía las llaves y fui a la iglesia a buscar a mi mamá. Ella solía llegar temprano a orar, pero ese día, cerca de las 10:00 a.m., yo seguía sentada en las escaleras del templo, esperando. Años después supe que mi amigo había orado esa mañana pidiendo una bendición, aferrándose a Proverbios 10:22: «La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella».
Su oración fue contestada en esas escaleras. Allí estaba yo, esperando a Jesús sin saberlo. Ese día entré por primera vez y sentí la paz de Dios en mi vida.
A la clase de mi mamá llegó una joven adventista que, junto a mi amigo, no callaba su fe. Ella comenzó a estudiar la Biblia con mi mamá, y vi cómo Jesús transformaba su vida. Mi madre empezó a asistir a la iglesia, pero el diablo no descansaba. Yo insistía en hacer tareas los sábados, sin saber que Dios no me dejaría escapar. Esto causaba discusiones, pero mis amigos y mi mamá nunca dejaron de orar por mí.
Un sábado fui a la escuela pero no había clases. Al revisar mi mochila, noté que no tenía las llaves y fui a la iglesia a buscar a mi mamá. Ella solía llegar temprano a orar, pero ese día, cerca de las 10:00 a.m., yo seguía sentada en las escaleras del templo, esperando. Años después supe que mi amigo había orado esa mañana pidiendo una bendición, aferrándose a Proverbios 10:22: «La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella».
Su oración fue contestada en esas escaleras. Allí estaba yo, esperando a Jesús sin saberlo. Ese día entré por primera vez y sentí la paz de Dios en mi vida.
Dios tenía un propósito y un tiempo para mí como mismo lo tiene para ti hoy. No te desanimes. Jesús está tocando la puerta de tu corazón, permítele entrar para que veas sus bendiciones en tu vida.
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